Cuentos de un posible porvenir – Obispo Laporta

Madrid, Reino Católico de España, 19 de diciembre del año de nuestro Señor 2031.
La misa de la mañana en el Ministerio de Asuntos Interiores y Policía religiosa acababa de terminar. Eran las 07:30, tiempo para los funcionarios de ir hacia sus oficinas en los dependencias del edificio.

Cuentos de un posible porvenir - Obispo Laporta

El obispo Laporta, la sotana perfectamente arreglada, salió de la capilla el último, como tenía costumbre. Así se aseguraba que todos sus funcionarios estarían a su puesto a las 7.45. Otro día sin incidencia a la apertura del ministerio.

Laporta se dirigió rápidamente hacia su oficina. Estaba impaciente de ver los resultados de la última redada de la noche. Como siempre habrá en la lista las tradicionales prostitutas, junkies y otros homosexuales. De las primeras, se las liberaran enseguida multándolas con una ofrenda voluntaria ridícula (no se podía castigar estas hijas de Dios, y más cuando sus visitas estaban tan apreciadas en el gobierno), los segundos y terceros, estos enfermos, se les enviaran a curarse en un Retiro Espiritual en el sur de Marruecos, un monasterio franciscano de donde era muy poco probable que salieran.

Pero de esta lista, lo que más esperaba ver el obispo en esta lista, eran los infieles, esta podredumbre que quedaba en el Santo Reino. Eran cada vez menos estos ateos, estos judíos y otros musulmanes o budistas. El tratamiento que se reservaba para estos parásitos era bastante simple y nada novedoso. Los viejos métodos habían hecho sus pruebas y no había razones para cambiarlos. Primero se les retiraban todos sus documentos españoles incluido la nacionalidad si tenian y se confiscaban todos sus bienes y haberes, despues venia la oferta de Conversión y si se negaban a recibir a Jesucristo en su corazón se les conducían a la frontera, donde salían del país. De vez en cuando, uno de estos indignos no soportaba este tratamiento y se suicidaba. Evidentemente, había que justificar esta politica a la vista de la opinión internacional, pero era bastante fácil. Gracias a las empresas de telefonía, el precio del acceso a Internet pronto superó en mucho las posibilidades del pueblo limitando drásticamente el número de personas con acceso a la web y a esa medida se añadió unos filtros muy estrictos, lo que puso fin a Internet en España. Los niños de menos de 15 años no tenían idea de lo que fue la Web, este instrumento diabólico.

Laporta amaba mucho  su trabajo y se dedicaba por completo a él. No pasaba un día sin que chequeara estas listas, haciendo estadísticas, felicitando a unos, castigando otros y desde que era Ministro de  Asuntos Interiores, su eficiencia era alagada por todos sus superiores.

Para llegar a su despacho, Laporta tenía que cruzar el estacionamiento del ministerio. Ahí se encontraban coches oficiales, furgonetas de la policía religiosa y algunos vehículos de visitantes oficiales.

No le gustaba pasar por ahí, no le gustaba mezclarse con la plebe. Pero como figura pública, no podía enseñar el desprecio que tenía hacia esa gente.  Eran un mal necesario, las hormigas obreras pero entre soportar sus lamentables existencias y tener que lidiar con ellos había una línea que no le gustaba para nada cruzar.

Laporta  recordaba con nostalgia los años pasados, los años post socialismo, cuando una marioneta de nombre Rajoy llegó al poder. La política española había tenido sus idiotas al largo de la historia, pero con este se había llegado muy lejos. Seria muy difícil superar a este personaje. Este tal Rajoy, piloteado tanto por la finanza como por la Iglesia había permitido la destrucción total de los derechos del pueblo pero y más importante, había permitido el regreso de la Santa Iglesia al poder antes de directamente entregar España al Opus Dei. Pudo llegar a eso gracias al apoyado de su partido político con sus miembros más corruptos los unos que los otros, que tenían la mayoría absoluta en el congreso. Había sido tan fácil, tan simple… Laporta no llegaba a entender el potencial destructivo que podía alcanzar la unión de la codicia con la estupidez. Hubo varias manifestaciones, pero la policía antidisturbios, siempre lista para defender a quienes le pagaban y de conciencia muy limitada, había rápidamente calmado a los contestadores con sólo unas decenas de muertos civiles.

Laporta cruzo el estacionamiento tan rápidamente como pudo y subió a su despacho. En la antesala, donde trabajaba su secretario, estaban esperando las primeras audiencias del día, personas que venían a pedir favores, madres que venían a ofrecerse a cambio del regreso su hijo drogadicto, hombres en busca de noticias de un familiar arrestado unos días antes. Laporta miró a todos estos miserables y pensó en el pésimo día que lo esperaba. Cada vez era igual, fingir la compasión, mentirles diciéndoles que se haría todo lo posible para resolver su problema y acompañarles a la puerta, algunas veces tocándoles la espalda. Es lo que más detestaba Laporta, tocar a estos pobres. Cada vez mas tenía que esconder unos escalofríos de disgusto. Como odiaba a esta gente. Ojalá se reformara este régimen de audiencias para permitirlas sólo una vez por semana o mejor una vez al mes… Mejor aún! El viernes Santo y para Navidad!! Eso era una gran idea. Sí, lo era! Laporta saco su smartphone y dictó una nota para guardar su idea. La dictó en latín ya que no quería que esta gente se enterara de lo que decía, entró en su despacho y llamó a su secretaria.

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